INDEPENDENCIA, SOCIALISMO Y JUVENTUD
2. CAPITALISMO HISTÓRICO Y OPRESIÓN NACIONAL.
Este pequeño repaso previo era conveniente porque nos lleva al centro del problema de la independencia nacional de cualquier pueblo oprimido, y por tanto, también del nuestro, de Euskal Herria. Este problema no es otro que el de la capacidad de dicho pueblo para ser propietario de las riquezas que produce. Aquí, y aunque no podemos extendernos, por riqueza debemos entender el conjunto de bienes materiales e inmateriales, de economía y cultura, de carreteras y de la lengua, de infraestructuras y de tradiciones, de campos de pasto y agricultura y de reservas naturales, de universidades y de deportes populares, etc., bienes materiales y espirituales acumulados durante generaciones de trabajo y convivencia, también de explotación de género y de clase. Pues bien, son estos bienes los codiciados por el Estado ocupante, y la nación ocupada no es libre para hacer lo que quiera con sus bienes, ni incluso para decidir ella misma qué bienes quiere hacer, siempre teniendo en cuenta la lucha de géneros y de clases dentro de la nación oprimida, y la voluntad de la clase dominante. De este modo, la libertad nacional se recupera cuando el pueblo oprimido puede decidir él mismo qué hace y, lo que es igual de importante, qué hace con lo que hace, es decir, con lo que produce, con su excedente, con lo que sobra tras el consumo de lo que ha fabricado y creado.
En contra de lo que dice la propaganda del Estado ocupante, que afirma que invierte en la nación ocupada para aumentar su desarrollo económico, para modernizarla o, en palabras clásicas, para "civilizarla", pese a esta propaganda, en realidad sólo invierte las sumas imprescindibles para garantizar la continuación del saqueo, del expolio, del robo generalizado. Si el Estado ocupante sólo quiere arrasar cuanto antes con toda la riqueza acumulada por los invadidos, entonces no gasta ni una peseta en ese pueblo, sólo se lleva todo lo que le interesa y hasta destruye el resto. Pero si quiere sangrarlo y estrujarlo durante todo el tiempo posible, entonces debe invertir algunas cantidades de dinero, debe cuidar al menos las carreteras, los puentes y los puertos siquiera para permitir que ese pueblo siga trabajando, y para que pasen por esas carreteras y puentes los bienes expoliados por el ocupante. Esta forma de "preocuparse" por el invadido es tan vieja como la costumbre de los romanos de hacer carreteras y puertos, fundar ciudades en sitios estratégicos y crear una burocracia incluso autóctona pero decididamente fiel al ocupante para facilitar el rápido flujo hacia Roma del comercio y de los impuestos obtenidos en el pueblo ocupado.
La evolución socioeconómica posterior, en especial el capitalismo, ha hecho que los grandes Estados colonialistas primero y luego imperialistas, invirtieran lo imprescindible para asegurar la continuidad y, en todo caso, el aumento de los beneficios obtenidos con la ocupación. Del mismo modo que ningún empresario individual invierte en un negocio si no es con claras esperanzas de obtener un beneficio mayor más temprano que tarde, y del mismo modo que ningún empresario individual mantiene abierta una empresa ruinosa, que le produce pérdidas y puede llevarle a la ruina general, prefiriendo antes hundir en el paro y en el hambre a los trabajadores que seguir él con algunas pérdidas, de este mismo modo pero mucho más a lo bruto, ningún Estado ocupante aguanta mucho tiempo los costos de ocupación de una nación si éstos son superiores a los pocos beneficios que obtiene con dicha ocupación. Es cuestión de números, a la larga. Y decimos que a la larga porque un Estado ocupante puede gastar enormes cantidades de recursos en los ejércitos de ocupación, en guerras, y en sobornar a las clases ricas y propietarias de la nación ocupada, dejando que sigan en el poder y que se queden con parte del botín; puede hacer esto y de hecho lo hace, pero siempre buscando un objetivo mayor, siempre como una inversión necesaria, como un adelanto inevitable para posteriores beneficios que deben compensar los gastos adelantados. Puede darse el caso que un Estado ocupe un país no tanto por las ganancias directamente económicas que obtiene sino por su ubicación geoestratégica y militar, como territorio-cuartel desde el que controlar otros pueblos ocupados y sí rentables económicamente, o como territorio-tapón para frenar ataques exteriores. Mas sea como fuere, incluso así la razón última y decisiva no es otra que la ganancia que se asegura mediante esos gastos militares. Esta es una ley de oro, y nunca mejor dicho, para entender el origen y la naturaleza de la opresión nacional.
Pero es en los casos históricos en los que un Estado opresor se ha formado gracias a la ocupación de varias naciones periféricas cuando toda esta dinámica se desarrolla más cruel y demoledoramente. Este es el caso del Estado español que se ha formado históricamente oprimiendo a pueblos como Euskal Herria, Galiza, Països Catalans, Andalucía, Canarias, etc., y al propio pueblo castellano. En este caso, para centrarnos ya, el Estado opresor central es el instrumento decisivo para que la burguesía española obtenga inmensos beneficios mediante la explotación de esas naciones, y también de su propio pueblo. Pero, en contra de la simple apariencia, la fuerza del centralismo opresor es su misma debilidad porque no puede permitirse el lujo de ceder ante un solo pueblo oprimido porque, entonces, los demás exigirán el mismo trato, que se les concedan los mismos derechos que al otro. Sería como quitar una carta de un castillo de naipes. Se caería todo el montaje o casi todo. Para impedirlo, el centralismo opresor tiene, como mínimo, tres métodos: aumentar la represión en todos los sentidos, incluso el recorte y el cerco económico; asegurarse la fidelidad egoísta de las burguesías de las naciones ocupadas y, dividir e impedir cualquier unidad liberadora de las naciones oprimidas.
En síntesis, eso es lo que ahora está haciendo el PP pero también el PSOE. ¿Por qué? Muy sencillo. Porque la supuesta "izquierda" se beneficia de la opresión nacional. Aunque con una gran diferencia entre ellas, todas las clases de la nación opresora se benefician de la dominación que ejercen sobre otro u otros pueblos. Desde luego que la que más tajada obtiene es la burguesía y que luego, en cascada, van cayendo hacia abajo el resto de beneficios de modo que, aunque pocos, las clases trabajadoras de la nación dominante también terminan beneficiándose en algo, en poco pero en algo. Y ese poco ayuda a mantener el poder capitalista en el Estado dominante. Los marxistas fueron conscientes de esta realidad ya en la segunda mitad del siglo XIX al comprender cómo la burguesía inglesa alienaba al proletariado, además de con otros instrumentos, también haciéndole partícipe de una porción de los inmensos beneficios que obtenía con su expansionismo mundial. La opresión nacional irlandesa y las brutales formas de explotación de los obreros irlandeses emigrados en Inglaterra también fortalecía al poder burgués aumentando el interclasismo, el nacionalismo imperialista y hasta el racismo antiirlandés en la clase trabajadora inglesa. Posteriormente, toda la experiencia mundial ha confirmado esta realidad. Y en la medida en que se corrompe la clase trabajadora de la nación ocupante con parte de los beneficios que esa ocupación genera y con el nacionalismo y hasta el racismo que la legitiman, también se corrompen los partidos y sindicatos reformistas que controlan al grueso de esa clase. Ellos también se benefician directamente del saqueo imperialista, y se benefician más que los obreros porque la burguesía les concede una parte mayor del botín, para corromperlos y pudrirlos más, para integrarlos más profundamente en los aparatos del Estado.
Conforme la nación oprimida aumenta su resistencia y su lucha independentista, conforme avanza en su construcción nacional propia, en esta medida la "izquierda" del Estado ocupante se vuelve más y más defensora del imperialismo de su burguesía porque, por un lado, todo su esquema conceptual, político y teórico está penetrado por el nacionalismo burgués de su Estado; por otro lado, es consciente que oponerse a su burguesía en esas cuestiones es peligros y arriesgado, y la poltrona, el dinero y la fama atan mucho; además, en medio de un aumento del nacionalismo imperialista en su sociedad, salir en defensa de la nación ocupada supone perder votos que es lo mismo que perder dinero y comodidad, y, por último, como debe diferenciarse un poco en lo propagandístico de la burguesía y de la derecha más reaccionaria, para no perder votos por su izquierda, mantiene ligeras diferencias de matiz secundario, pero apoyando decididamente el imperialismo de su burguesía. Por su parte y por lo general, la izquierda autocalificada de revolucionaria, apenas sale en defensa activa y consecuente de las necesidades de los pueblos ocupados por su Estado, sino que se limita a una solidaridad ambigua, limitada y condicionada a que la nación oprimida modere sus formas de defensa. Incluso su "radicalismo" sufre un serio retroceso cuando se trata de denunciar algo tan inhumano como la tortura. Esta es la triste y amarga experiencia acumulada por las izquierdas occidentales.
Por tanto, cuando el periódico El País, vocero del reformismo, intenta "demostrar" la inviabilidad económica de la independencia vasca no está sino comportándose como debe y quiere hacerlo, al margen de la corrección y lógica de lo que diga. En modo alguno pretende aportar una solución siquiera reformista al contencioso histórico, sino sólo reforzar el poder de su Estado y confirmar su fidelidad al nacionalismo imperialista de su burguesía. Es mucho lo que se juega esa izquierda y por ello no duda en recurrir al miedo y al chantaje económico y lo hace, además, usando el lenguaje aséptico y supuestamente neutral de las cifras. Cuando el Estado ocupante recurre a estos métodos por boca del reformismo, sabe que cuenta con la predisposición ideológica y conceptual de la burguesía vasca y del regionalismo para aceptar sin crítica alguna los dogmas de esa argumentación, pues ambos, el Estado ocupante y la burguesía de la nación ocupada, son capitalistas y tienen además de la misma ideología de clase sobre todo los mismos intereses de clase.
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